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domingo, 10 de diciembre de 2017

IV. LA SALA DE ESPERA: CAPÍTULO 11 (1)

* “Me llevan al médico una vez al mes, para someterme a diversas pruebas…igual que antes, sólo que ahora es obligatorio.”

Me ayudó esta frase a hacer una reflexión: lo que hace o deja de hacer la República de Gilead no es en si pernicioso, ir al médico a someterse a un chequeo médico no es un acto reprobable; lo que es abominable es la imposición de someterse a ese chequeo médico… Es decir, el examen y la fiscalización de nuestras acciones, incluso de las más cotidianas: hacerse un chequeo es lo que hace de este mundo distópico un mundo irrespirable… porque se empieza por conquistar pequeñas parcelas de la autonomía individual y se termina usurpando lo más íntimo que posee el ser humano: su libertad sexual.

Y todo ello me lleva a cavilar sobre este mundo que llaman liberal, y que creemos liberal, y el espacio que estamos dejando para el libre albedrío, todo regulado en aras de la libertad, todo dirigido en aras de la convivencia, en definitiva, todas las actuaciones humanas vigiladas, registradas, examinadas, verificadas… Parece una frase más, “someterse a diversas pruebas médicas que ahora son obligatorias” y que sin embargo hemos incorporado a nuestra normalidad social: empresas y aseguradoras exigen que uno se someta a pruebas médicas rutinarias y no estamos tan lejos de la República de Gilead, sólo que Defred ha caído en la cuenta de la diferencia entre sugerir y obligar, entre proponer e imponer; y nosotros ni siquiera somos conscientes del control al que estamos sometidos.


“Él no debe hablarme, salvo que sea absolutamente necesario; pero este médico es muy locuaz.”

Saltarse las normas… Siempre hay alguien, quizás una multitud, que se saltan las normas.


“Ahora les toca el turno a mis pechos, que son palpados en busca de señales de envejecimiento, podredumbre.”

Pechos…señales de envejecimiento, PODREDUMBRE…. Hay varias cosas en la vida que te dan idea del inexorable paso del tiempo: canas, arrugas y para las mujeres, por supuesto, los pechos caídos… Claro que hacerse viejo es más que eso y que no todos envejecemos con la misma facilidad, pero en el fondo todos nos pudrimos… ¡Qué acertado ese sustantivo, podredumbre, para recurrir al paso del tiempo! Putrefacción, cuerpo podrido, descomposición… Quizás si me apeteciera ser amable diría marchito en lugar de decrépito, pero el resultado es el mismo: envejecemos que es sinónimo de estropearse, consumirse, ajarse… si el cuerpo acompañara a la mente, la madurez y la vejez serían estadios fascinantes; la experiencia y las enseñanzas nos harían invencibles… pero la naturaleza es sabia y nos dota de nuestros mejores recursos físicos cuando aún no hemos adquirido las plenas facultades mentales para utilizarlos… así seguimos siendo simplemente humanos, frágiles, perecederos, efímeros, mortales…


Siempre me gusta recordar la frase de Ingmar Bergman: ”Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena” ¡Quiero seguir escalando hasta la cima!

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