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domingo, 3 de diciembre de 2017

IV. LA SALA DE ESPERA: CAPÍTULO 10 (2)

* “Hacer caso omiso no es lo mismo que ignorar, hay que esforzarse para ello.”

Y al llegar aquí me acuerdo de la canción de Alejandro Sanz “No es lo mismo” que en algunas ocasiones juega con esos pequeños matices y en otras hace juegos de mgia con las palabras

“No es lo mismo ser que estar
No es lo mismo estar que quedarse, ¡qué va!
Tampoco quedarse es igual que parar
No es lo mismo”

“No es lo mismo basta o bastar
Ni es lo mismo, decir, opinar, imponer o mandar
Las listas negras, las manos blancas verás
No es lo mismo
No gana el que tiene más ganas, no sé si me explico”

Pero es verdad, no es lo mismo “ignorar” que puede significar desconocimiento que “hacer caso omiso”, que según el diccionario, el de la Real Academia Española de la Lengua, es “prescindir de algo o no tenerlo en cuenta” lo que implica que ese algo se conoce… efectivamente, para hacer caso omiso hay que esforzarse.


* “Nada cambia en un instante: en una bañera en la que el agua se calienta poco a poco, uno podría morir hervido sin tiempo de darse cuenta siquiera.”

La primera vez que tuve noción de este concepto, de que un ser vivo podría morir hervido sin darse cuenta si el agua se calentaba poco a poco, fue leyendo la fábula de Olivier Clerc “La rana que no sabía que estaba hervida”

Imaginen una cazuela llena de agua, en cuyo interior nada tranquilamente una rana. Se está calentando la cazuela a fuego lento.
Al cabo de un rato el agua está tibia. A la rana esto le parece agradable, y sigue nadando.
La temperatura empieza a subir. Ahora el agua está caliente. Un poco más de lo que suele gustarle a la rana. Pero ella no se inquieta y además el calor siempre le produce algo de fatiga y somnolencia.
Ahora el agua está caliente de verdad. A la rana empieza a parecerle desagradable. Lo malo es que se encuentra sin fuerzas, así que se limita a aguantar y no hace nada más.
Así, la temperatura del agua sigue subiendo poco a poco, nunca de una manera acelerada, hasta el momento en que la rana acaba hervida y muere sin haber realizado el menor esfuerzo para salir de la cazuela.
Si la hubiéramos sumergido de golpe en un recipiente con el agua a cincuenta grados, ella se habría puesto a salvo de un enérgico salto.

Esta fábula está recogida en el libro ““La rana que no sabía que estaba hervida… y otras lecciones de vida” de 2005 así que de nuevo veo a Atwood como una pionera de una especie de pensamiento social que no despertará hasta principios del siglo XXI ¿Quién sabe? Quizás su papel de activista ecologista le hiciera plantearse mucho antes que los demás la falta de conciencia en la Humanidad que nos iba cociendo poco a poco, porque la moraleja de la fábula, al final, viene a ser ¡conciencia o cocción!

La alegoría está basada en una Ley de la Física: si la velocidad de calentamiento de la temperatura del agua es menor de 0,02º/minuto, la rana se queda quieta y muere al final de la cocción; mientras que, a mayor velocidad de calentamiento, la rana saltaría y escaparía… ya sabemos que a la “gente de ciencias” les gustan los datos exactos y empíricos.

Desde que escuché esta narración he intentado estar muy atenta a no “dejarme cocer” social, política, humanamente… No quedarme en la zona de confort porque cuestionarse el mundo, el entorno, los paradigmas establecidos es tan descabellado y dificultoso…

Una vez conocí a un tipo que me dijo que tenía complejo de salmón, siempre nadando  a contracorriente, y la verdad es que no puedo estar más de acuerdo con él, pero lo más sorprendente y maravilloso de todo es que somos millones de salmones regresando al río… no sé si estamos equivocados, mucho o poco, o si estamos en posesión de la verdad, que, a decir, verdad, ni siquiera creo que exista, la verdad absoluta. Lo que sí sé a ciencia cierta es que es preferible ser salmón y luchar con convicción por tus convicciones, a dejarte escaldar cual rana por no razonar… cuando escriba sobre el dinero en efectivo, si aún seguís por aquí, descubriréis lo que significa no acoplarse a los tres o cuatro eslóganes que nos sueltan desde la tribuna política o los medios de comunicación… y siempre me gusta terminar este tipo de pensamientos con el corolario de Anatole France: “Una necedad repetida por treinta y seis millones de bocas, no deja de ser una necedad”. Todo es cuestionable y eso es lo que nos hace hombres; que algún antepasado se cuestionara que era imposible volar o comunicarse sin cables o dominar el fuego… Cuestionar: poner en duda lo afirmado por alguien es lo que ha hecho a la raza humana progresar; cuestionar es pensamiento, es mejora, es evolución, es perfeccionamiento… si quieren medio-hombres no pensantes, obedientes, dóciles, subordinados al poder y resignados con la realidad, desde luego que deberán de quemar la fábula de Clerc y plantearse un exterminio de salmones que nadamos a contracorriente.

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