“El
Comandante golpea a la puerta. La llamada es obligatoria: se supone que la sala
es territorio de Serena Joy, y que él debe pedir permiso para entrar. A ella le
gusta hacerlo esperar. Es un detalle insignificante, pero en esta casa los
detalles insignificantes tienen mucha importancia.”
Las estancias de una casa se reparten, no se comparten; y que en una
República patriarcal, la mujer haga esperar al hombre para acceder a su
territorio, viene a reforzar la idea de que esa zona es suya.
Hacer esperar es una demostración de poder y Serena Joy lo suele emplear,
no sólo con su esposo. También nos lo ha hecho notar Defred en su llegada: “Quería que me diera cuenta de que no podía acceder a la
casa si ella no me lo indicaba.” Una persona como Serena, acostumbrada al
mando, debe sobrellevar infinitamente mal esa pérdida de autoridad que la
relega a un papel secundario en el nuevo orden, por lo que esos gestos se
transforman en un clavo ardiendo al que agarrarse: sigo imponiendo, sigo
exigiendo, sigo obligando… aunque en este caso se circunscribe a sigo siendo yo
la que decide quién entra y quién no y cuándo entra… ¡Qué tristeza el verla así
por mucha alegría que a ella le causen esos rituales de acceso!
* “... sus ojos
azules y reservados, falsamente inofensivos. Nos repasa... como si hiciera el
inventario: una mujer de rojo, arrodillada; una, de azul, sentada; dos de verde
de pie; un hombre solo... al fondo... Como si fuéramos algo que ha heredado...
y no supiera qué hacer con nosotros. Ni para qué servimos.”
El Comandante hace inventario de su ajuar humano y ¡cuidado! Porque si
hasta entonces ya hemos intuido que Defred es cosificada, en estas líneas
Margaret Atwood nos descubre que el sistema deshumaniza a las personas, a todas
las personas, sean mujeres, sean Esposas o Marthas… e incluso a los hombres,
pues allí, en el catálogo de humanos “pertenecientes” al Comandante, se
encuentra Nick.
* “La Biblia
está guardada bajo llave... ¿quién sabe qué haríamos con ella si alguna vez le
pusiéramos las manos encima? Él nos la puede leer, pero a nosotros nos está
prohibido... vamos a escuchar un cuento antes de irnos a dormir.”
Un par de ideas: La Biblia guardada bajo llave porque hay que preservarla
¿de qué? ¿de malas interpretaciones? ¿de actos vandálicos? Es curioso porque el
valor de la Biblia, ya que si requiere protección es porque es un objeto
valioso, puede indicarnos que lo preciado de la misma es que su significado: sólo
el Comandante puede leerla.
Van a escuchar un cuento… ¿Sólo a mí me ha pasado o cualquiera, en algún
momento, ha pensado que la Biblia (y otros textos religiosos) no es más que un
cuento? La idea de cuento tiene una noción de ficción, de mito y leyenda, de
invención…Y creo que ese es uno de los principales inconvenientes de las
religiones, el no sabernos vender los textos sagrados como fábulas, como
alegorías. Los que interpretan la Biblia (y otros textos religiosos) nos
intentan vender la literalidad de la misma, sin darse cuenta de que, más tarde
o más temprano, nuestro raciocinio la cuestionará. Es mejor y más correcto
advertir desde el primer momento que se trata de un relato hermenéutico.
Entonces la estudiaríamos en lugar de rechazarla.

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