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jueves, 4 de enero de 2018

IV. LA SALA DE ESPERA: CAPÍTULO 12

* “Lo único que le falta a este cuarto de baño para ser como los de antes es una muñeca que tape con su falda el rollo de papel higiénico de recambio. Aparte de que han reemplazado el espejo de encima del lavabo por un rectángulo de hojalata, y que la puerta no tiene cerradura, y que no hay maquinillas de afeitar, por supuesto.”

Todo simula normalidad. Sólo es apariencia. Desterramos los espejos como sinónimos de vanidad. Carecemos de cerraduras porque la intimidad está proscrita. Evitamos las maquinillas de afeitar tapiando las salidas fáciles. Sólo falta la muñeca porta-rollos y lo esencial: el reconocerse, lo privado, la elección.




* “Mi desnudez me resulta extraña… ¿De verdad me ponía bañador para ir a la playa?... vergonzoso, impúdico. Evito mirar mi cuerpo, no tanto porque sea algo vergonzoso o impúdico, sino porque no quiero verlo. No quiero mirar algo que me determina de forma tan absoluta.”

Somos lo que somos no por nuestra mente: nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestras acciones… todo ello es superfluo porque lo único que nos tasa en esa sociedad es el cuerpo: si eres mujer u hombre, si eres joven o vieja, si has procreado o no…. nada más tiene importancia: el cuerpo te determina, es la frontera entre vivir o morir, entre vivir o sobrevivir, entre vivir o desear la muerte. Esto que acabo de escribir ¿es sólo aplicable a la República de Gilead o describe bastante bien nuestra sociedad occidental de principios del siglo XXI? La imagen, al igual que el cuerpo, puede ser importante pero nunca determinante.


* “… pienso en una niña que no murió cuando tenía cinco años; que aún existe, espero, aunque no para mí…. Ellos debieron de decirle que yo había muerto… Seguramente pensaron que de ese modo a ella le resultaría más fácil adaptarse… Ya debe de tener ocho años… Ellos tenían razón, es más fácil pensar que ella ha muerto.”

La hija de Defred arrebatada de su lado hace 3 años ¿es más fácil pensar que uno ha muerto, sea la niña pensando que su madre ha muerto o bien Defred pensando que la niña ha muerto? ¿es más fácil o más cómodo? Facilidad requiere carencia de esfuerzo, comodidad es conveniencia, estar a gusto. No creo que pensar en la muerte de alguien sea fácil, no… más bien es definitivo: contra la muerte no hay marcha atrás, es concluyente, irrevocable, innegable. Evitaremos que la niña busque a su madre biológica, no habrá demasiadas preguntas, no habrá demasiados reproches. ¿Defred puede pensar que su hija está muerta y cerrar para siempre la puerta al reencuentro? ¿Es más fácil pensar que ella ha muerto? ¿De verdad o más bien la frase sería “Ojalá pudiera pensar que ella ha muerto”?


* “…el pequeño tatuaje de mi tobillo. Cuatro dedos y un ojo, lo contrario de un pasaporte… sirve como garantía de que nunca desapareceré. Soy demasiado importante, demasiado especial para que eso ocurra. Pertenezco a la reserva natural.”

Defred está marcada. Los pasaportes abren puertas, franquean límites. El tatuaje las cierra, acota las salidas. Defred puede desprenderse de sus ropas rojas de Criada, pero no puede despegarse de su condición de Criada: pertenece a la reserva natural, los gileadianos están en peligro de extinción y los ejemplares susceptibles de concebir son primordiales.


* Cora “Antes de entrar llama a la puerta. Me gusta ese detalle. Significa que piensa que me corresponde algo de lo que solíamos llamar <intimidad>.”

Los gestos son importantes y qué mayor significado que llamar a una puerta carente de cerradura antes de atravesarla. Cora demuestra intención de reconocer el derecho de Defred a tener su propio yo. O quizás es Defred la que carga con dicho significado a un gesto de Cora que quizás ésta no haga más que por pura rutina, no tratándose realmente de un gesto si no de una acción mecánica hecha sin intención ni propósito.

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