* “Mi nombre no
es Defred, sino otro, un nombre que ahora nadie menciona porque está
prohibido... Guardo este nombre como un secreto, como un tesoro que
desenterraré algún día.”
Hasta que leí “El Cuento de la Criada” no había reparado en la importancia
del nombre y eso que echando mano de las películas podía haber caído mucho
antes… Películas sobre la esclavitud en Estados Unidos donde los amos blancos
eligen el nombre de “sus mercancías” o bien esas películas que reviven campos
de concentración en los que los recluidos no tienen nombre sino números
tatuados en los brazos… Y una idea lleva a otra; lo que significa poner nombre:
“te llamaré Viernes” porque necesitamos llamar a otro ser humano por algún
nombre que le haga único e irrepetible para nosotros… ¿otro ser humano? Pero si
en “Náufrago”, Viernes se convierte en una pelota a la que el protagonista
llama “Wilson” dotándola así de humanidad… He ahí la importancia del nombre.
A mediados del año pasado llegó un gato a mi jardín; dudaba de si era un
gato de algún vecino que simplemente venía a cotillear y jugar con los míos.
Tras un par de días en los que aparecía y desaparecía, le cogí, me di cuenta de
que estaba acostumbrado al trato humano y posiblemente había sido abandonado;
desde luego no existía un dueño cercano según demostraba lo famélico que estaba
y todas sus heridas. Le puse nombre, “Brownie”, y desde ese momento supe que
era “mi” gato… si es que un gato puede pertenecer a una persona.
Así que sí, el nombre es importante, pero aún debe ser más importante que
no te cambien el nombre, ni siquiera con diminutivos o transformaciones que tú
no admitas. Yo soy Pilar y no Mari Pili, ni Piluca, ni Pilarcilla, ni ninguna
otra cosa que se le parezca. Y no soy Pilar para todo el mundo, porque también
pasa que cada persona te llama de una forma especial y si tú lo toleras,
incluso se convierte en un vínculo singular: mi hermana me llama “la Pili”,
unos amigos “Pilarín”, mi tía “Pipi”… si cualquiera me llamara así, torcería el
morro, pero a ellos se lo consiento; no es transigencia, es un guiño
excepcional a una relación de cariño. Ya no hablo de diminutivos cariñosos
porque daría para escribir un tratado, sobre cómo nos llama y nos dejamos
llamar por cada persona… y lo que eso representa.
Defred guarda su nombre como un tesoro, tan oculto que ni siquiera nosotros
lo llegamos a descubrir en toda la novela, pero Margaret Atwood ya nos dice que
Defred no es ella, que estamos viendo sólo una parte de ella, que hay cosas que
nunca descubriremos: secreto, tesoro por desenterrar, el misterio, la
incógnita, el enigma, lo desconocido.

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