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jueves, 16 de noviembre de 2017

IV. LA SALA DE ESPERA: CAPÍTULO 8 (4)

* “El cuchillo que ella (Rita) usa es afilado y brillante, tentador. Me gustaría tener uno como ése…(Rita) envidia mis paseos. En esta casa, todos envidiamos algo a los demás.”

Cuchillo tentador ¿cómo demonios puede ser un cuchillo tentador?  La tentación es sinónimo de atracción, seducción, fascinación… un cuchillo brillante y afilado es lo que desea Defred, el fin, la conclusión, el desenlace… porque no desea ese cuchillo para atacar, para acabar con alguno de los que le han llevado a esa situación… en ningún momento Margaret Atwood nos la presenta como una guerrillera si no más bien como carente del fanatismo necesario para emplear la violencia contra alguien que no sea ella misma.

Una de las Marthas envidia los paseos de la Criada de la misma forma que ésta envidia el utensilio cortante. Curioso mundo se nos plantea donde las ambiciones de las personas, especialmente de las mujeres, son tan simples y al mismo tiempo tan complejoa. En el fondo todas envidian la libertad, no la libertad magnificada, sino la mucho más prosaica autonomía de tener un cuchillo y hacer con él lo que nos venga en gana o bien salir a hacer la compra o a dar un paseo, es decir, la verdadera libertad, la de imaginar y pensar, de proyectarse hacia el futuro, de idear; el privilegio de ser dueños de nuestros propios actos.


* “Para algunos... las cosas no han cambiado tanto.”

Leyendo esta frase no pude menos que recordar a Lampedussa, que todo cambie para que todo se mantenga. Echando un vistazo en rededor del mundo cada vez me pregunto más y más si todo lo que sucede no es una mera sucesión de intentos del Poder por mantener sus status quo porque por muy traumáticas y rupturistas que sean las revoluciones, no me deja de sorprender que efectivamente, para algunos las cosas nunca cambian tanto.


* Rita y Cora "Hablan de mí, como si yo no las oyera. Para ellas soy una faena de la casa, una de tantas.”

Cosificación. Defred ha pasado a ser un mueble más de la cocina. Ocuparse de Defred supone el mismo engorro que pasar la aspiradora o fregar los cacharros.


* "... es el Comandante, y se supone que no debe estar aquí... ¿Estaba invadiendo la habitación? ¿Estaba en mi habitación? He dicho <mi>."


No me impacta tanto que el Comandante vaya a la habitación de la Criada, aunque se supone que no debiera - ¿A alguien le sorprendió, llegado este punto?-, como ese “mi habitación” que a Defred misma le asombra… es que si es “su habitación”, eso quiere decir que ha interiorizado que pertenece a esa casa… Hice un ejercicio mental intentando refrescar la memoria para saber si cuando viajo y voy a hoteles digo “mi habitación” en lugar de “la habitación”… me parece recordar que nunca empleo ese “mi” especialmente porque las estancias son cortas y no llego a considerar esa morada como impregnada de mí. Mi habitación es mi habitación; mi casa es mi casa; lo demás son cuatro paredes, en ocasiones muy confortables, he de reconocer, donde ocasionalmente duermo y hago algo de vida… ¿Y qué tiene mi habitación de especial? Pertenencia. No es que ella me pertenezca si no que yo pertenezco a ella, encajo en ella.

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