* “Mi
habitación, entonces. Al fin y al cabo, ha de existir algún espacio que pueda
reivindicar como mío, incluso en estos tiempos… que en este momento es una sala
de espera: cuando me acuesto se transforma en un dormitorio.”
Llegamos al concepto que ha dado título a los
últimos capítulos: “La Sala de Espera”; no es otra que la habitación de Defred
que sólo circunstancialmente se convierte en dormitorio… El lugar que Defred
reivindica como suyo, con toda la fuerza del verbo reivindicar siendo una mera
Criada, es una sala de espera porque ella espera y espera ¿qué espera? ¿qué
cambien las cosas? ¿poder conseguir el cuchillo? ¿quedarse embarazada? ¿huir?
¿acostumbrarse? No me queda claro, ni terminando el libro he descubierto cuál
era el objetivo de Defred; sí del resto de los personajes, pero ella precisamente
se me escapa entre los dedos. Es a la ve simple y compleja, pasiva y activa, combativa
y resignada, valiente y timorata… quizás esta sea la grandeza del personaje
creado por Margaret Atwood, que sea como sea el lector, en algún momento de la
obra, se identifica con la protagonista.
La espera, la dichosa espera que a todos nos
castiga en algún momento de la vida. La espera que puede ser esperanzada o
desesperante o ambas cosas a la vez… La espera que no es más que la
incertidumbre del futuro, la asunción de la fuerza del azar, la diversión de la
sorpresa, el desencanto de lo imprevisto… Hace tiempo que tomé una actitud
cínica hacia el futuro, haciéndome fuerte ante las variables incontrolables de
la existencia, pero reconozco que sólo es una pose ya que en el fondo mientras
finjo creer en el carpe diem no dejo
de esperar con ansia, en algunos momentos, con verdadera ansiedad, ese futuro
ignoto.
* “En
esa época, los hombres y las mujeres se probaban mutuamente, como quien se
prueba un traje, rechazando lo que no les sentaba bien.”
Genial y muy acertada forma de describir la realidad
actual: nos probamos y si no nos sienta bien el traje (la relación) lo
desechamos… total, hay muchos atuendos ¿por qué limitarnos a uno sólo? ¿por qué
conservar ese trapo viejo que tanta ilusión nos hizo conseguir antaño? ¿por qué
no variar, no cambiar, no innovar, no probar otro estilo? El único problema que
yo veo es que los vestidos no tienen sentimientos y las personas sí. Probarse
trajes es fantástico, probarse relaciones sólo debería estar permitido si la
pareja sabe, comprende y acepta la falta de compromiso… y ya no digamos nada
cuando hablamos de “los complementos de la moda”, los hijos, porque ellos
quizás algún día nos demanden una explicación de porqué les hicimos combinar
con otros atavíos que nos les sentaban tan bien como el vestuario habitual y
conocido
* “Pensábamos
que teníamos problemas. ¿Cómo íbamos a saber que éramos felices?”
He de confesar que pasé largo tiempo meditando esta
frase “Pensábamos que teníamos problemas. ¿Cómo íbamos a saber que éramos
felices?” Y sí, la verdad es que la felicidad simplemente se descubre cuando ha
pasado… mientras que dura, no somos capaces de evitar el sentir insatisfacción
y centrarnos en nimias contrariedades del día a día… ¡Ay, si alguien me hubiera
descubierto las complicaciones que me traería la vida más allá de los 18 años! Los
pensamientos oscuros que se enquistarían en mi cerebro, los temores que asaltarían
mi alma, las dudas y desengaños, las traiciones y los abandonos… Y lo que es
más importante, que alguien me hubiera descubierto en la juventud que todo ello
me haría más fuerte, más humana, crecer como persona y enfrentarme mejor a
nuevos retos vitales…Estoy hablando mucho por mí ¿he dicho antes que era una
cínica, que recibo al futuro a puerta gayola, sin miedo, aunque amedrentada?
Sí, como Defred me reconozco feliz en todas mis épocas pretéritas, a pesar de
pensar que tenía problemas, y como Defred, me reconozco incapaz de descubrir la
felicidad hasta que la infelicidad auténtica me alcance… y esa, la infelicidad
auténtica, la concluyente, la irreversible, aún no me ha llegado y cuando
llegue seguro que seguiré esperando que no sea irrevocable… En fin, sea lo que
sea lo que venga, la insatisfacción hace que no disfrute plenamente del ahora
pero me prepara mejor para el mañana…no se lo recomiendo a nadie… y sin embargo,
ese ensimismamiento mental es lo que me hace única: una infeliz, feliz; una suspicaz,
confiada; una ilusionada, desengañada; una apática, activa; una indiferente,
comprometida; una defraudada, expectante… pura dicotomía, pura bipolaridad,
pura vida, puro yo…

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