Encuentro virtual de lectores para pensar en voz alta.

jueves, 2 de noviembre de 2017

III. LA NOCHE: CAPÍTULO 7 (2)

* “Ella me dijo que íbamos a dar de comer a los patos. Pero había algunas mujeres quemando libros… Había también algunos hombres, y vi que en lugar de libros quemaban revistas…Parecían felices, casi en éxtasis. Eso lo provoca el fuego.”

* “La mujer me entregó una de las revistas. En ella vi a una mujer bonita, sin ropa, colgada del techo con una cadena atada a las manos… Creí que se estaba columpiando, como hacía Tarzán con las lianas en la televisión.”

Odio este episodio, odio la quema de cualquier publicación, aunque sea pornográfica porque: 1) ¿Quién decide qué es pasto de las llamas y qué no? ¿Quemarían ”El amante de Lady Chatterley”, “Amor, curiosidad, prozac y dudas”, “Las edades de Lulú” o “Plataforma”? y 2) Una vez abierta la veda ¿cómo aseguramos que no quememos otro tipo de obras? ¿No habría acaso , alguien tentado de quemar una Biblia, un Corán o la Torá? ¿Qué suerte podrían correr “Mein Kampf”, “El Libro Rojo de Mao”, “El Capital” de Marx o “La Riqueza de las Naciones” de Adam Smith? A las ideas se las combate con ideas no con fuego… Incluso las revistas pornográficas tienen el suficiente valor para ser salvadas.




He comprobado que en algunas ocasiones sí hubo piras contra la pornografía y, y aquí viene lo malo, contra “publicaciones corruptoras” y aprovecharon para incluir a García Márquez, Rousseau, Marx y una Biblia (Bucaramanga, Colombia, 13 de mayo de 1978).

No quisiera dejar de comentar la última frase: “Creí que se estaba columpiando, como hacía Tarzán…” que viene a demostrar que, en muchas ocasiones, el mensaje es sucio dependiendo del receptor… una niña no veía a una mujer vejada, ni era capaz de vislumbrar la mercantilización del cuerpo femenino, no percibía ninguna obscenidad… sólo se acordaba de Tarzán en la selva ¡curioso!


* “Los que pueden creer que estas historias son sólo cuentos tienen mejores posibilidades. Si esto es un cuento que estoy contando, entonces puedo decidir el final… Esto no es un cuento que estoy contando.”

Defred reafirma el valor testimonial de su historia, no es ficticia si no verídica… Rascando un poco en la frase, destila el conformismo con el presente, frente a la trascendencia del futuro… ella querría “decidir el final”.


* “Contando, y no escribiendo, porque no tengo con qué escribir y, de todos modos, escribir está prohibido.”

Apunte en las primeras páginas de que lo que estamos leyendo no está escrito, si se me permite el oxímoron… Escribir suele ser un acto subversivo que los poderes totalitarios quieren cercenar; escribir es incluso más peligroso que pensar, ya que supone haber pensado y haberlo plasmado; la escritura sobrepasa el espacio y el tiempo, da la posibilidad de comunicarse con personas que no comparten tu ubicación y que pueden no haber nacido todavía… lo escrito perdura y, además, sobrevive tal y como lo expresó el autor, limitando en mucho el ruido del mensaje verbal. Me gusta escribir, me gusta escribir aunque no me lean, es una liberación del espíritu, es una prolongación de mi ser, es la espita de mi cerebro, el rastro, la huella, lo intrínsecamente mío.


* “… tengo que contárselo a alguien. Nadie se cuenta un cuento a sí mismo. Siempre hay otra persona. Querido, diría… Querido puede ser cualquiera… Haré como si me oyeras.”


Y llegamos al destinatario de la comunicación, porque cualquiera que lanza una palabra desea que sea escuchada, pero lo complicado de Defred es desconocer quien aprehenderá su soliloquio… El anhelo de contar, de dar fe, de atestiguar es superior a la ingenuidad de hablar para nadie… Algunos lo superamos admitiendo que “hablamos solos” pues como decía Machado: ”Converso con el hombre que siempre va conmigo -quien habla solo espera hablar a Dios un día-.”



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