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domingo, 12 de noviembre de 2017

IV. LA SALA DE ESPERA: CAPÍTULO 8 (3)

* La Esposa del Comandante, Serena Joy "En aquellos tiempos... pronunciaba discursos. Y lo hacía bien. Hablaba de lo sagrado que era el hogar, y de que las mujeres debían quedarse en casa. Ella no predicaba con el ejemplo, por cierto... se sacrificaba por el bien de todos... Alguien intentó pegarle un tiro, sin éxito... Otra persona instaló una bomba en su coche, pero explotó demasiado pronto... muchos aseguraban que esa bomba la había puesto ella misma para ganarse la simpatía del público. Así es como fueron empeorando las cosas... Qué furiosa debe de estar, ahora que le han quitado la palabra.”

Margaret Atwood nos da unas pinceladas de Serena Joy antes de que llegase la República de Gilead y, por ende, de una mujer que abogaba por la instauración de ella: hogar, quedarse en casa… Por supuesto que seguramente pensase que habría excepciones, que a ella nunca le quitarían la palabra, lo que me lleva a advertir que es importante luchar por una sociedad donde lo que deseemos sea lo normal, y que nunca queramos convertirnos en la excepcionalidad de las normas; primero porque nadie nos asegura que se respete esa singularidad y, en segundo lugar, y mucho más importante, porque lo que es bueno y correcto para uno mismo deberíamos querer hacerlo extensible al resto.

El tema de los atentados contra Serena, insinuando que alguno fue simulado, no resulta tan sorprendente. No asombra que algún individuo previera lo pernicioso de las propuestas de Serena y quisiera combatirlas con la violencia… En este caso yo siempre digo que a las ideas se las combate con ideas pues: 1) siempre habrá algún vocero dispuesto a ocupar el lugar dejado, y cuanto más fanáticas sean las opiniones, tanto más partidarios incondicionales de defenderlas hasta sus últimas consecuencias aparecerán; y 2) no es bueno la creación de mártires… El martirio por ideas religiosas o por ideología en si no es infame, bien al contrario; la verdadera complicación viene dada porque los mártires, aquellos que se han sacrificado por la causa, pasan a poseer una superioridad moral invulnerable al común de los mortales que no nos sentimos capaces de soportar el martirio… Todos tenemos líneas rojas que no sabemos si seremos capaces de traspasar en la defensa de nuestras ideas y principios: la vida, la libertad, la integridad del cuerpo, … los mártires ya sabemos que han traspasado esas líneas rojas… Tras el primer intento de agresión, quizás se vislumbrase como subiría su popularidad en caso de sufrir más ataques… hay personas dispuestas a manejar como títeres a otras personas, es otra forma de manipulación, que no todo van a ser ideas y teorías, en ocasiones la manipulación es de instintos y sentimientos.


* “No es de los esposos de quienes tenéis que cuidaros... sino de las Esposas... os guardarán rencor. Es natural. Intentad compadecerlas... Intentad apiadaros de ellas. Perdonadlas, porque no saben lo que hacen… Debéis comprender que son mujeres fracasadas. Han sido incapaces de...”

Las Esposas, las que deben de ser compadecidas porque son mujeres fracasadas, merecen compasión y perdón, no saben lo que hacen (lo cual demuestra que se sabe que la actuación de las Esposas es perniciosa); han sido incapaces de … Y no termina la frase, Tía Lydia deja en suspenso esa incapacidad que flota en el ambiente, la incapacidad de gestar y dar a luz, la incapacidad de ser madre de forma natural… Esa es la idea del fracaso de la mujer en el futuro distópico de Margaret Atwood; la mujer sólo tiene un propósito en la vida y si no lo alcanza, fracasa… Da igual lo que ella opine acerca de la maternidad, son indiferentes las causas que motiven “su fracaso”, el resto es accesorio, la mujer no se completa sin la maternidad, es más, ni siquiera creo que se colme con la maternidad ya que siempre será subalterna del hijo, el verdadero hito en la sociedad.



Desde siempre se ha atribuido a la mujer este papel de procreadora y madre como esencia fundamental de la femineidad. Que conste que no opino que sea perjudicial esta forma de pensar. Lo que sí creo que es nocivo es extender la idea de que la mujer que no es madre, sea cual sea la causa, voluntaria o involuntaria, de esa carencia de descendencia, sea considerada una “media-mujer” o una mujer partida, o incompleta, o inconclusa, o mutilada, o truncada… La mujer es una persona completa, como el hombre, y la prole es lo adicional a su esencia, no lo principal.


Sé que estas palabras, leídas por una mujer que sí haya sido madre, provocarán una sonrisa de condescendencia y mentalmente especulará sobre la desdicha de no conocer la “felicidad de tener hijos”. A esa mujer le digo que, efectivamente, tengo la desdicha de no conocer la felicidad de tener Y EDUCAR a hijos propios, pero también tengo la dicha de no conocer el infortunio de tener hijos y que no fuera capaz de acompañarles en su camino para convertirse en buenas personas. Me pareció tal compromiso vital que mi opción personal fue no afrontarla; como era una alternativa y no una obligación, lo hice con responsabilidad; en caso de que la sociedad, el ambiente, los círculos sociales en los que me muevo, me hubieran impelido a ser madre, seguramente habría sido una pésima madre abrumada por la carga impuesta… Hay que dejar elegir para que cada individuo, con esa libertad de escoger, se convierta en lo que está preparado para ser, en este caso, madres realmente comprometidas con su papel y no madres frustradas, hundidas, desengañadas o desacertadas. La maternidad es tan importante, tan valiosa, tan trascendental para mí que no la quiero impuesta, ni sugerida, ni sobrellevada.


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