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domingo, 15 de octubre de 2017

II. LA COMPRA CAPÍTULO 5 (4)

* “Miro las naranjas y se me hace la boca agua. Pero no he traído ningún vale para naranjas.”

Esta frase tonta, aparentemente, encierra la poca operatividad de los sistemas de control férreos: hay naranjas, a todo el mundo le gustaría adquirir naranjas, pero debido al control de los vales, de lo que otro te indica que debes comprar, al llegar al establecimiento, no puedes adquirir naranjas, pese a que todo el mundo estaría satisfecho de adquirir naranjas… Es un grito al libre albedrío frente al intervencionismo.


* Turistas que parecen japoneses: “Hacía mucho tiempo que no veía a mujeres con faldas así de cortas. Les llegan justo por debajo de las rodillas, lo que deja al descubierto gran parte de sus piernas semidesnudas, con esas medias tan finas y llamativas, y los zapatos de tacón alto con las tiras sujetas a los pies como delicados instrumentos de tortura. Llevan la cabeza descubierta y el cabello a la vista con todo lo que tiene de oscuro y sexual; los labios pintados de rojo…”

Excepcional descripción de una mujer vestida a la moda occidental en el siglo XXI: faldas justo por debajo de las rodillas que son ¡así de cortas!, zapatos de tacón alto, cabello descubierto, labios pintados… en fin, el colmo de la provocación sexual.


Mención aparte merecen esas palabras para describir las tiras de los apatos como “delicados instrumentos de tortura” o bien el concepto de “oscuro y sexual” que tiene el mostrar el cabello.


Me parece muy acertado que Margaret Atwood no utilice ejemplos con alto contenido sexual como mujeres escotadas o con minishorts o en bikini para darnos una idea de lo que la República de Gilead ha impuesto como moralmente reprobable… la descripción es la de una mujer normal, tan normal que yo misma voy vestida hoy así y nadie gira la cabeza para mirarme ni cuchichea a mis espaldas, porque somos millones de mujeres, en todo el mundo, las que hoy vamos vestidas de esa forma.

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