* “Parece
que vayan desnudas. Qué poco tiempo han tardado en cambiar
nuestra mentalidad con respecto a esta clase de cosas.”
Releí varias veces esta frase; primero para
comprobar que efectivamente no había sido un error por mi parte leer ese “han”,
y luego para cerciorarme de las connotaciones que tiene el emplear “han tardado”
en lugar de “ha tardado”… Me causó una gran conmoción el constatar que ya en
1984 Margarte Atwood, y seguramente muchos como ella, sugería que la percepción
de lo políticamente correcto se forja en otras esferas externas a la persona,
al individuo.
Últimamente venía observando que hay modas y
prácticas globales para dirigirnos hacia determinadas premisas y apartarnos de
otras. Por ejemplo, hay un ataque, mejor dicho, yo percibo que hay un ataque a
la democracia, algunos proponen una especie de “democracia para intelectuales”
(hacer un examen para votar, dicen) mientras que otros, directamente, tiran por
tierra resultados totalmente legítimos que arrojan las urnas: el Brexit, la
elección de Donald Trump… Dentro de que a mí tampoco me gusta que la gente no
vote con cabeza y bien informada, y por supuesto no me agrada demasiado el
resultado del Brexit o de las últimas elecciones presidenciales en EE.UU.,
nunca sería de la opinión de invalidar a los votantes, al contrario, demandaría
pedagogía política y exigiría responsabilidades a los políticos que son quienes
juegan, se aprovechan y estimulan el discurso demagógico y engañoso. También
hay otras tendencias que se están expandiendo rápidamente acerca de una vuelta
a la sencillez y despreciar la riqueza y la propiedad, pero claro, esto sólo es
válido para las clases medias, ya que a ricos y pobres este discurso no afecta;
lo detecto en los nuevos hábitos que nos imponen: economía colaborativa,
compartir coche, viajar de sofá en sofá de desconocidos, vuelos low cost… pareciera
que tener cosas y disfrutar de pequeños lujos fuera decadente… Sí,
efectivamente, es fácil y rápido “cambiar nuestra mentalidad”
* “…¿son
felices?, ¿cómo pueden ser felices?... somos un misterio, algo prohibido, los
excitamos... A veces, no hablar es igualmente peligroso... <Si, somos muy
felices>… ¿Qué otra cosa puedo decir?”
Mucha
miga en una treintena de palabras. Por partes, empezamos con la gran pregunta que
nos hacemos cuando nos enfrentamos a una cultura y a un modus vivendi totalmente ajeno al nuestro “¿son felices? ¿cómo
pueden ser felices?” cuando realmente nos estamos cuestionando cómo diantres
soportan vivir así, cualquiera piensa que no resistiría vivir de esa manera,
desechando recapacitar acerca de la capacidad de adaptación que tiene el ser
humano. No, quizás no sean felices pero su vida es soportable, que es lo que
realmente queremos preguntar y a lo que nos contestan… y esta pregunta se
podría volver en nuestra contra… acaso somos felices con nuestras normas
sociales y económicas y cómo podemos ser felices con ellas.
Continúa
poniendo de relieve la excitación que produce lo desconocido… aunque confieso
que, a mí, con los años, me gusta más lo cotidiano… esto debe de ser envejecer
¿no? el sentirte cómodo en los lugares frecuentes y declinar lo nuevo, por muy
insólito y original que parezca… o quizás es que hoy escribo con ese ánimo de
estar “de vuelta de todo”.
Deja
para después el gran meollo de las sociedades vigiladas “a veces no hablar es
igualmente peligroso” porque lo que se fiscalizan no son las palabras si no las
ideas y el silencio es tan elocuente que finalmente Defred sólo puede contestar
con lo esperado: sí, son muy felices.
No
quisiera dejar de hacer una reflexión, para saber que no se es feliz,
previamente tienes que haber conocido la felicidad; es más, me atrevería a ir
más lejos y afirmar que a la infelicidad sólo se puede haber llegado tras la
felicidad plena, no tras una dicha pasajera o un estado de complacencia
personal… veo muchos a mi alrededor que parecen inmunizados contra la desdicha
pero cuando los observo con detenimiento veo que el componente de la vacuna es
la moderación en los sentimientos... Yo, como Benavente opino que “Si la
pasión, si la locura no pasaran alguna vez por las almas… ¿Qué valdría la vida?”

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